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El impacto de la visita papal a Israel 2000 - Juan Pablo II

20 Apr 2009
La histórica visita papal del año 2000 tuvo muchas dimensiones para Israel y la región.

por el rabino David Rosen

La histórica visita papal del año 2000 tuvo muchas dimensiones para Israel y la región. Más allá de la peregrinación personal, la visita trató de afirmar y reforzar la presencia cristiana en Tierra Santa. Había que considerar asuntos involucrados en las relaciones entre las diversas comunidades cristianas y entre cristianos y musulmanes, además del deseo del Sumo Pontífice de promover el Proceso de paz, lo que inevitablemente tenía que tener en cuenta los diversos intereses, aspiraciones y reivindicaciones nacionales de las partes.

No obstante, no cabe duda de que el aspecto católico-judío de la visita era central en las intenciones de Juan Pablo II y por consiguiente destacado en la prensa oral y escrita internacional. Al respecto, fuimos testigos de la habilidad del Papa en el uso de la imagen visual, una destreza que supo aprovechar durante todo su pontificado. Con esto no quiero de ningún modo empequeñecer la esencia y el significado de sus propias declaraciones ni de los documentos vaticanos a los cuales me referiré, sólo pretendo aclarar que Juan Pablo II apreciaba la capacidad de la imagen de transmitir el mensaje en una escala y un grado mucho más amplios. Así es que durante su visita a la Gran Sinagoga de Roma en 1986, la mayor parte de lo que dijo ya lo había expresado en ocasiones anteriores, pero esta vez fue “visto” y “oído” en el mundo como nunca lo había sido antes.

En el mismo tenor cabe destacar su repudio al antisemitismo, repetidamente condenado por él como un pecado contra Dios y la Humanidad, su identificación con el sufrimiento de los judíos y especialmente en el contexto de la Shoá, sus expresiones de contrición por la hostilidad y violencia dirigidas en el pasado por los cristianos contra los judíos, su comprensión de lo que Israel significa para el pueblo judío y por ende de la importancia de haber establecido plenas relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y el Estado de Israel en el contexto de la reconciliación de la Iglesia Católica con el pueblo judío. Todo esto fue dicho y hecho mucho antes de la visita papal a Israel.

Con todo, las imágenes del Santo Padre en Yad Vashem y en el Muro de las Lamentaciones, así como las de la recepción oficial en el aeropuerto Ben-Gurion y en la residencia presidencial transmitieron al mundo entero, como nunca antes, la realidad de esta asombrosa transformación de las enseñanzas y actitudes de la Iglesia hacia el pueblo judío.

Particularmente notable fue el impacto de esas y otras imágenes en el público israelí. Los judíos israelíes no viven en un entorno cristiano y no entran habitualmente en contacto con cristianos modernos. Incluso cuando viajan al exterior, se encuentran sobre todo con “no-judíos”, más que con cristianos. Ya que el cristianismo es básicamente irrelevante para la gran mayoría, las imágenes que llevan consigo provienen principalmente del pasado trágico. Precisamente por el escaso conocimiento de los cambios que habían tenido lugar en los últimos treinta y cinco años, la visita papal sorprendió a muchos israelíes al revelarles que la Iglesia Católica no sólo ha dejado de ser hostil hacia los judíos, sino que busca una relación positiva y respetuosa con el pueblo que Juan Pablo II describió como “los amados hermanos mayores de la Alianza original nunca revocada por el Señor”.

Esta realidad, que muchos israelíes descubrieron únicamente a raíz de la visita papal, es evidentemente el resultado de una notable transformación en las actitudes y enseñanzas de la Iglesia. A lo largo de la historia, los judíos habían sido abrumadoramente presentados como rechazados por Dios, sustituidos por la Iglesia y condenados a sufrir y errar por el mundo por no aceptar la fe cristiana. Esta actitud subyacía en la hostilidad de la Iglesia Católica respecto de la idea misma de un retorno del pueblo judío a su patria ancestral para reestablecer allí su soberanía.

Si bien el espíritu de la moderna erudición tuvo mucho que ver con las nuevas tendencias ya en la primera parte del siglo XX con respecto a una re-evaluación de la doctrina católica en relación con los judíos, fue el impacto de la Shoá, unido al compromiso personal de Juan XXIII, lo que condujo a la ruptura radical con esa teología del pasado. Sin duda, el Papa había sido influido por sus propias experiencias durante la Segunda Guerra Mundial y por sus conversaciones personales sobre el tema, especialmente con Jules Isaac.
En consecuencia, ése fue uno de los temas centrales escogidos por Juan XXIII en sus palabras al convocar el Concilio Ecuménico Vaticano II, en cuyo fruto, la declaración "Nostra Aetate" promulgada en 1965, se rechaza categóricamente la "enseñanza del desprecio" a los judíos y se acoge la "revolución positiva" en la doctrina de la Iglesia respecto al pueblo judío y al judaísmo, que prosigue desde hace más de cuarenta años. En ese documento, la Iglesia rechaza la idea de la responsabilidad colectiva y continua de los judíos por la muerte de Jesús, reafirma la Antigua Alianza con el pueblo judío como eterna e inviolada y condena el antisemitismo.

Desde "Nostra Aetate" el Vaticano, y el Papa Juan Pablo II en particular, ahondaron el proceso de reconciliación entre católicos y judíos, reafirmando el vínculo especial entre ambos y condenando categóricamente el pecado de antisemitismo. En 1990, el Pontífice confirmó también la declaración emitida en Praga por el cardenal Cassidy, Presidente de la Comisión vaticana para las relaciones religiosas con los judíos, según la cual el "hecho de que el antisemitismo haya encontrado un lugar en el pensamiento y las enseñanzas cristianas, exige un acto de arrepentimiento”. Ese mismo año, al recibir al primer embajador de la Alemania unificada, Juan Pablo II dijo que "para los cristianos la pesada carga de culpa por la matanza del pueblo judío debe ser una exhortación duradera al arrepentimiento; por ello podemos superar toda forma de antisemitismo y establecer una nueva relación con la nación hermana de la Antigua Alianza".

Entre los hitos notables de la Santa Sede desde la declaración "Nostra Aetate" se encuentran las Orientaciones de 1975 en las que se elabora detenidamente la declaración, y el documento titulado “Notas para una correcta presentación de los judíos y el judaísmo en la predicación y la catequesis de la Iglesia Católica” publicada en 1985 por la Comisión pontificia para las relaciones religiosas con el judaísmo. Allí se reconoce por primera vez en un documento oficial de la Santa Sede la importancia del Estado de Israel para el pueblo judío y su identidad. De hecho, el Papa Juan Pablo II ya había manifestado su reconocimiento personal de la centralidad de Israel en la carta apostólica "Redemptionis Anno" (20 de abril de 1984) y de forma similar en su disertación ante los líderes de la comunidad judía de Miami (11 de septiembre de 1987) cuando declaró que: "... tras el trágico exterminio de la Shoá, el pueblo judío comenzó un nuevo período de su historia. Tienen derecho a una patria, como cualquier nación civilizada, conforme al Derecho internacional [que es lo que buscamos] para el pueblo judío que vive en el Estado de Israel...." En 1994 (en una entrevista publicada por la revista Parade), el Pontífice declaró que "es comprensible que los judíos, que durante miles de años vivieron dispersos entre las naciones del mundo, hayan decidido retornar a la tierra de sus antepasados. ¡Es su derecho!”.

Por consiguiente, la normalización de las relaciones entre la Santa Sede y el Estado de Israel fue el corolario natural de estos profundos cambios en la doctrina y la actitud. Más aun, durante muchos años antes del establecimiento de relaciones diplomáticas, la Santa Sede había declarado categóricamente que no existían barreras teológicas para una plena normalización de las relaciones diplomáticas con el Estado de Israel.

No obstante, lo que frenaba al Vaticano en esta cuestión era el hecho de que la Iglesia posee comunidades, instituciones y bienes en sociedades musulmanas, árabes y no árabes, y temía exponerse a represalias ante cualquier acercamiento con el Estado de Israel.

El proceso de paz para Oriente Medio que comenzó después de la Guerra del Golfo de 1991 abrió nuevas oportunidades para las relaciones bilaterales. En una conferencia de prensa en la que se anunció el establecimiento de la Comisión bilateral permanente de la Santa Sede y el Estado de Israel en el verano de 1992, el portavoz del Vaticano Dr. Joaquín Navarro-Valls dijo en respuesta a una pregunta: "Los árabes, incluidos los palestinos, están hablando con los israelíes, ¿por qué nosotros no?" Por consiguiente, ya no existía el temor a las represalias árabes y el Vaticano tenía muchos y buenos motivos para desear un progreso en las relaciones formales con Israel. Además de demostrar lo genuino de su insistencia en afirmar que ya no existían barreras teológicas en el sendero hacia el establecimiento de plenas relaciones con el Estado de Israel, la Santa Sede aspiraba a estar representada en las negociaciones sobre el futuro de la región, un futuro que incidiría en sus propios intereses, por ejemplo respecto de Jerusalén, además de promover los intereses de sus comunidades en Tierra Santa. Las deliberaciones de la Comisión bilateral fructificaron en la firma del Convenio Fundamental entre el Estado de Israel y la Santa Sede a finales de 1993, que condujo al subsiguiente intercambio de embajadores. Esto fue facilitado, en gran medida, por el peso de la autoridad personal que el Papa Juan Pablo II ejerció para asegurar el éxito de esas negociaciones, reconociendo su importancia para la reconciliación entre judíos y católicos como se expresa en el Preámbulo de dicho Convenio Fundamental.

A la vez que esto señalaba el arribo de una nueva era en el diálogo israelo-vaticano, una comisión internacional de enlace judeo-católica había estado ya funcionando durante unos veinticinco años. El objetivo principal de los participantes judíos en ese contexto era esforzarse por asegurar que los cambios en la teología católica fueran introducidos e implementados mundialmente en la política y los programas de la educación católica, para combatir el antijudaísmo y el antisemitismo. También consideraban como de su responsabilidad el poner de manifiesto ante la Santa Sede la importancia del establecimiento de relaciones con el Estado de Israel para las relaciones entre judíos y católicos en general. Por otra parte, el diálogo se centraba también en la necesidad de promover el mutuo entendimiento y la cooperación en el fomento de los valores compartidos. Gracias a las deliberaciones de la comisión de enlace se redactaron y publicaron declaraciones sobre temas tales como la familia, la santidad de la vida humana y la conservación del medio ambiente.

El establecimiento de plenas relaciones bilaterales entre el Estado de Israel y la Santa Sede, junto con la posición sin ambages de esta última contra el antisemitismo, fueron en gran medida frutos de ese diálogo, aun cuando hayan sido facilitados por los acontecimientos internacionales.

Para los que sabían poco o nada de cuánto había avanzado el diálogo entre católicos y judíos en los últimos treinta y cinco años, particularmente en Estados Unidos, la visita papal les abrió los ojos a una nueva realidad. Para los informados y libres de prejuicios respecto de este diálogo y sus logros, la visita papal no fue otra cosa que la confirmación y el apoyo a lo que había tenido lugar y sigue teniéndolo.

Sin ninguna duda, el impacto ya mencionado de la visita en la sociedad israelí promoverá una mayor comprensión por parte del público y apoyo al diálogo. Esto ya se ha puesto en evidencia en la circular del Director General del Ministerio de Educación dirigida a las escuelas a continuación de la visita papal, en la que se alienta el debate sobre los cambios que han tenido lugar en las relaciones entre cristianos y judíos junto con el estudio de textos pertinentes, tanto clásicos como modernos. No menos importante, por iniciativa del Papa, el Vaticano estableció una comisión bilateral para el diálogo con el Gran Rabinato de Israel, con lo que se refleja una nueva forma de relación entre las respectivas instituciones religiosas.

Como lo indicó el entonces Primer Ministro Ehud Barak en ocasión de la visita del Papa a Yad Vashem, no es posible dejar el pasado atrás de la noche a la mañana. Sin duda, quedan no sólo las hondas diferencias teológicas que mantienen a ambas comunidades separadas, sino también las divergencias en lo concerniente a la memoria histórica y la interpretación del pasado, pero a pesar de ellas, es innegable que hemos entrado en una nueva era en las relaciones entre católicos y judíos, en la que la visita de Juan Pablo II a Israel se destaca como un hito culminante a lo largo del camino histórico de reconciliación y fructífera cooperación.

El rabino David Rosen dirige el Departamento de asuntos religiosos del American Jewish Congress (AJC), además de ser el presidente del Comité Judío Internacional para Consultas Interreligiosas (IJCIC) y asesor honorario del Gran Rabinato de Israel sobre asuntos interreligiosos.

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